El oro se dispara por encima de 5.500 dólares la onza y marca otro máximo histórico. El cóctel es claro: dólar débil tolerado abiertamente por Trump, una Fed que mantiene tipos pero reconoce un escenario incierto y tensiones geopolíticas crecientes con Irán. A eso se suma el apetito de los bancos centrales y las entradas constantes en ETF respaldados por oro.
Para el inversor, esto es un manual de “risk-off”: cuando moneda, política y geopolítica se mezclan, el mercado corre al refugio clásico. El riesgo está en que parte del movimiento es ya muy emocional y muy acelerado. Clave a seguir: tono de la Fed en próximas reuniones, evolución del conflicto en Oriente Medio y si las compras de bancos centrales se mantienen o empiezan a aflojar.
La plata vuela por encima de 117 dólares la onza y acumula más de un 60% de subida en el año. Comparte narrativa con el oro (incertidumbre económica, tensiones geopolíticas, dudas sobre la Fed), pero añade un factor clave: fuerte demanda industrial ligada a renovables y electrónica, que mantiene el mercado muy ajustado.
Para el inversor, la plata combina rol de refugio con historia de crecimiento estructural, pero eso también la hace más volátil. El dato importante es que el rally continúa incluso con repuntes puntuales del dólar, señal de búsqueda intensa de cobertura. Puntos a vigilar: cualquier frenazo en la inversión “verde”, señales de destrucción de demanda por precios demasiado altos y la evolución de las posiciones especulativas en futuros.
El cobre sube casi un 7% y supera los 6,3 dólares por libra, marcando máximos históricos. Los inversores están girando hacia activos reales ante la caída del dólar y el aumento del ruido geopolítico y comercial. A eso se suma una tesis estructural potente: más demanda de cobre por renovables, coches eléctricos, redes y todo el despliegue ligado a inteligencia artificial y data centers.
La parte incómoda para el inversor es que los inventarios en Shanghái, Londres y Nueva York ya superan las 900.000 toneladas. Es decir, la narrativa es alcista, pero el corto plazo puede estar sobrecalentado. Clave: diferenciar entre historia de largo plazo (bullish) y riesgo de correcciones fuertes si se enfría el ciclo industrial o se reduce el miedo geopolítico.
El gas natural en EEUU se mueve en torno a 3,8 dólares por MMBtu, atrapado entre dos fuerzas: se normaliza la producción tras el parón por congelaciones en los pozos y los modelos de la NOAA empiezan a anticipar temperaturas más suaves a partir de la primera semana de febrero. Eso enfría el miedo a un déficit de oferta invernal.
Los flujos hacia plantas de GNL también remontan desde mínimos de un año, lo que refuerza la sensación de que el shock de suministro fue puntual. Para el inversor o trader, el mensaje es de menor tensión: más escenario de rango que de explosión alcista, salvo que el clima vuelva a sorprender o aparezcan problemas en infraestructuras. Aquí la clave es flexibilidad: vigilar clima, producción diaria y exportaciones de GNL.
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